#problemáticas: algodón vs poliéster

Si en este momento te ofrecieran dos prendas, una de algodón y una de poliéster y tuvieras que elegir la de menor impacto ambiental, ¿cuál sería tu elección? Quizá la respuesta inmediata y más obvia parezca ser el algodón, pero podría no ser la correcta, pues ambas tienen sus pros y contras y sería un error dejarnos llevar por la mala fama del poliéster y la sobrevaloración del algodón. 

Este par de textiles son los más utilizados en el mundo y los más representativos de las fibras naturales y las sintéticas, comúnmente tildadas de buenas y malas respectivamente; pero la realidad es que tales extremos no existen y hoy exploraremos por qué.

Empecemos desde el origen…

El poliéster viene del petróleo y es por esto que lo hemos condenado sin pensarlo dos veces, sabemos que para obtenerlo se debe recurrir a procesos de extracción bastante dañinos para el planeta, mientras que para el algodón solo se debe cultivar una plantita, ¿qué podría ser más inocente que esto?

La mala noticia es que la creciente demanda de algodón promueve su producción a través del monocultivo, el modelo agrícola más rentable económicamente y que sin embargo, se conoce por ser una amenaza para la biodiversidad, puesto que incluye prácticas como el uso excesivo de pesticidas y herbicidas, los cuales frecuentemente también provienen del petróleo y son culpables de descensos significativos en poblaciones de especies tan importantes como las abejas.

Foto: WWF / Mauri RAUTKAR


Estos efectos pueden evitarse si se reemplaza el algodón convencional por el orgánico, aunque los beneficios de esta alternativa no se extiendan hasta su huella hídrica: un estudio de Bio Intelligence Service concluyó que se requieren aproximadamente 7.000 litros por kilo de esta fibra incluso en su versión ecológica u orgánica, de hecho, el algodón es el cultivo con mayor huella hídrica.

Por otro lado, el poliéster es la fibra que consume menos agua y se estima que al combinar el algodón con este, es posible alcanzar una reducción de casi el 50% en la huella hídrica del producto textil (práctica que sin embargo no se recomienda debido a que complica el reciclaje de las fibras). En oposición, su fabricación requiere mucha más energía que la del algodón o cualquier otra fibra natural.

Más allá del proceso de producción, el impacto que tiene el material de una prenda varía a lo largo de su vida útil y depende en gran parte del uso y trato brindado por su propietario; por ejemplo, el poliéster es conocido por no arrugarse, lo que implica un menor gasto energético y por lo tanto, menos emisiones durante su uso gracias a que no requiere un planchado frecuente, e incluso tiende a ensuciarse menos que las fibras naturales, alargando el periodo entre lavados y ayudándonos a ahorrar agua y electricidad, contrario al algodón, cuyo consumo de energía ocurre principalmente en esta fase. Sin embargo, el poliéster también es culpable de cuantiosas fugas de microplásticos desde nuestras lavadoras hasta el mar y todos los peligros que esto implica para los ecosistemas marinos y las personas.

Foto: LaVanguardia-Web


Otro aspecto que debemos resaltar es que el poliéster es mucho más resistente que cualquier fibra natural, lo que podría ser una ventaja o una desventaja, dependiendo del usuario; pues esta cualidad le permite utilizar la prenda por muchos años más y así evitar consumir otras. Por desgracia, en la mayoría de casos se desecha aún cuando podría seguir utilizándose, lo que resulta alarmante, puesto que si no se maneja adecuadamente como residuo, su prevalencia y efectos en el ambiente serán eternos. Por esto, es necesario que pensemos en lo que sucede una vez concluida la vida de nuestras prendas.

Debido a su procedencia del petróleo y su naturaleza plástica, el poliéster no se biodegrada, así que su composición tóxica termina por contaminar y acumularse en el ambiente; pero la historia del algodón no es muy distinta cuando no es orgánico y además está teñido y tratado con químicos peligrosos. Asimismo, ambas fibras producen gases de efecto invernadero al descartarse en basureros, pues sin importar si el algodón es orgánico, su proceso de descomposición para reintegrarse en la tierra se ve impedido por la ausencia de condiciones apropiadas. 

Por otro lado, tanto el poliéster como el algodón pueden reciclarse cuando no están combinados con otras fibras y aunque este sea un punto positivo, debemos recordar que también el reciclaje implica cierto gasto de energía y pierde sentido como práctica sustentable cuando abusamos de él, más valdría entonces no desechar algo en estado aún utilizable, sino aprovecharlo o bien, compostearlo (en el caso del algodón orgánico).

Como ves, las fibras naturales no siempre son sinónimo de sostenibilidad, al igual que las artificiales no lo son de lo contrario por sí solas. Todas las opciones tienen efectos negativos y positivos derivados de factores directos e indirectos de los cuales a veces somos partícipes y por lo tanto, la solución no siempre es depurar nuestro armario de fibras “malignas”.

Quizá, podríamos adoptar un enfoque crítico más integral donde además del material, seamos conscientes de otros procesos que hay detrás de una prenda y cómo nosotros (como consumidores) influimos en su impacto: ¿cómo se hizo?, ¿quién la hizo?, ¿desde dónde viene?, ¿qué cuidados necesita y qué implican estos cuidados?, ¿qué tiempo de vida voy a darle?, ¿cómo voy a desecharla?, ¿es reciclable?, ¿está hecha con un material recuperado?, entre otras cuestiones. Si además de esto implementamos mejores prácticas para la optimización de los recursos dentro de su cuidado, podríamos reducir mejor su impacto. Ahora ¿Ya sabes qué prenda elegirías?

Esta entrada fue escrita por Daniela Morales de québonitoplaneta visita su blog aquí.

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