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#quiénessomos: moral, cuerpos y belleza

Por: Rosa

La idea de belleza envuelve el entorno, configura formas de vida. La belleza no es una idea aislada, configura y es configurada por una sociedad, un tiempo, un espacio, unos cuerpos. Más allá de las muy acertadas afrontas que el feminismo ha hecho del concepto de belleza: tiempo que invertimos en nuestro aspecto, la falta de autoestima por nunca estar en el ideal de belleza, los tratamientos, el consumo de productos de belleza, la ropa, la talla, la dieta, la moda, los tacones, los pelos, y un largo etcétera… la belleza es además portadora de todo un régimen de control y jerarquización de los cuerpos, es una manera de encarnar valores y relaciones sociales desde ideales patriarcales, coloniales y capitalistas.

La belleza se ha asociado y se ha convertido en el signo visible de lo bueno. Está ligada a la moral. La belleza es la moral encarnada. Por ahí se escucha en las calles, en las escuelas, en las calles… no hagas eso, es feo (no malo, feo); ay es bien fea ella (no mala, fea… como sinónimo). Se constituye lo bello como bueno. Un vistazo a ideas de ética y moral “La belleza, en efecto, puede encontrarse en sentido analógico en los asuntos morales, es decir en las acciones humanas. Una acción humana es bella cuando manifiesta el resplandor de lo inteligible en lo sensible, o sea el orden de la razón en los impulsos pasionales.”

La belleza, la razón y la moral se entremezclan, consecuencia y causa. El cuerpo, lo sucio, lo salvaje, los impulsos pasionales carnales, lo que no es blanco, se entienden como lo feo. Lo bello es la razón, la moral, lo objetivo, lo bueno y puro, lo blanco, lo masculino. Mosse argumenta que la belleza masculina simboliza “la postura moral adecuada”. Entre más nos alejemos de esa belleza masculina hegemónica más nos alejamos también de “la postura moral adecuada” y esa distancia se juzga con tan sólo mirar un cuerpo. En este caso el aspecto físico, simboliza el comportamiento y la moral y justifica dar muerte a los cuerpos considerados “deformes”. Existen muchas representaciones que crean y son parte de las narrativas donde la moral y la razón están intrínsecamente ligadas con el ideal y la idea de belleza occidental.

Un ejemplo muy claro son las películas de Disney, donde la buena es siempre representada como bella (con los estereotipos de belleza de la época) y la mala es siempre la bruja-fea (en el caso de la bella durmiente), la gorda-fea (en el caso de la sirenita), siempre representando los estereotipos de lo que la sociedad ha clasificado como feo, monstruoso, desagradable. La belleza se define desde los centros del poder haciéndolo pasar como una cuestión objetiva que emana del objeto y que hay quienes, hombres euro-blancos (siempre hombres), tienen el refinamiento y la sensibilidad para poder apreciar esa belleza. No todas somos tan refinadas y cultivadas, no todas entendemos las cosas de la estética y de la moral. Se hincha este ideal de belleza con discursos, críticas, desde el arte, desde la literatura, la moda, el conocimiento, la ética, las creencias religiosas y más discursos que aportan al sostenimiento de una realidad material concreta. Y esas personas que tienen el don de la objetividad por ser cuerpos blancos y puros, crean un cuerpo que sostiene el ideal de belleza, se define desde el hombre ideal hegemónico (hombre, europeo, blanco, joven, saludable, fuerte, productivo, delgado) cuyo cuerpo es también la ropa que usa, sus costumbres y prácticas, formas de hablar, de pedir las cosas, de moverse en el mundo, todos sus accesorios: su casa, su carro, su teléfono, su computadora, sus zapatos -siempre usa zapatos, menos en la playa, ahí quizás podríamos ver sus pies, ahí quizás estos pies tocan la tierra, el suelo, en este caso la arena del mar privatizado por un hotel transnacional.

Lo que es “diferente” a este cuerpo, es inmediatamente entendido como feo y, por lo tanto como malo, moralmente inferior. Los europeos sostenían que la supuesta “fealdad” de los africanos evidenciaba su degradación moral y, por lo tanto, justificaba su idoneidad para ser esclavizados. El cuerpo de las mujeres racializadas, feo por ser cuerpos en disidencia a este cuerpo hegemónico, es evidencia de su falta de moral, de su primitivismo, de su salvajismo, de lo grotesco y peligroso, de aquello que hay que domar y poseer. Los abusos sexuales se justificaban y se siguen justificando como una consecuencia natural de las propias características de las mujeres en general y de manera más cruenta de algunas mujeres en particular.

De esto pocas veces hablamos. El mundo de la belleza y la estética son también consecuencia de la opresión racial-colonial de un mundo en compartimentos, jerarquizado, un mundo de muerte y explotación.

Lucrecia Masson comparte en una entrevista, “cuando digo gorda en descolonización, busco dar cuenta de un proceso y de toda una construcción que hay sobre el cuerpo, que se ha hecho desde esas lógicas binómicas que parten de una matriz de pensamiento que es blanca, moderna y occidental.”

Así, las personas negras, indígenas, gordas no más así de verlas se sabe su “condición moral”, se deduce que son, así a simple vista, sin lugar a dudas flojas, improducitivas, traicioneras, pasionales y faltas de razón, menos humanas incluso.

¿En serio creemos que con sólo echar un vistazo a un cuerpo podemos saber todo sobre su estado interior de salud y su historial de hábitos de vida? Pregunta una compañera feminista. Oyewumi comenta que “la razón por la que el cuerpo ha sido tan relevante en Occidente es que el mundo se percibe ante todo por la vista. La diferenciación de los cuerpos humanos en términos de sexo, color de piel y tamaño craneal atestiguan los poderes atribuidos al “vidente”. “La contemplación invita a diferenciar.” Los cuerpos que no siguen los ideales corporales son convertidos en cuerpos indeseables, cuerpos que no encajan en el sistema, que incluso lo ponen en riesgo. Por lo que se buscan desechar, ocultar, tratar de cambiar, patologizar o dañar para que dejen de existir.

Esta patologización o sanción no se trata únicamente de un castigo ejemplar, sino de formas de sometimiento y control sobre los cuerpos y a su vez de la legitimización de las injusticias de la supremacía blanca europa. Y por tanto los maltratos, abusos y explotación de dichos cuerpos, sobre los que se sostiene este sistema de muerte, se ven naturalizados.

El modo normativo de entender el cuerpo se convierte en instrumento para la justificación y la construcción de cuerpos desechables, de la basurización de vidas, de la bestialización que se plantean como puntos para la normalización de las peores crueldades e injusticias sin las que el capitalismo y proyecto de desarrollo-modernizador colonial no podría existir.

La mujer como categoría social de diferenciación inscrita en el cuerpo, es construida como inherentemente insuficiente con una serie de mandatos sociales que dicen lo que las demás personas quieren, esperan y desean de ese cuerpo y es tarea de esos cuerpos cumplir esas expectativas para no ser sancionadas, estigmatizadas.

La mujer es ese cuerpo siempre en proceso de ser otra cosa, siempre cuerpo insuficiente, siempre un error a corregirse. Es aquí donde las categorías binarias del género se explican mejor pensando aquellos binomoios que Emma Chirix denuncia. Las nociones de modernidad/anticuada, civilización/salvaje, bella/fea, no están aisladas del binomio hombre/mujer. Hay que pensar esos cruces, y cómo se van construyendo para levantar los pilares que sostienen todo el entramado de opresiones. Cómo el cuerpo se convierte en otredad, cómo las mujeres se convierten en cuerpos, cómo lxs colonizadxs se entienden sólo como cuerpos (llegando a generarse incluso discusiones entre los colonos sobre sí lxs indígenas tenían o no alma) y cómo dentro de esos cuerpos visibles: personas racializadas, empobrecidas, cuerpos no normativos, mujeres, lesbianas, trans, cuir; existe una jerarquización que responde a lo que en cada uno de esos cuerpos se ha inscrito desde los centros de poder que no tienen cuerpo, como materia inerte, alma y pensamiento, el cuerpo hegemónico normalizado está siempre presente pero no tienen un cuerpo manchado por la carne.

Como dice Oyewumi, la jerarquía y las diferencias fueron consagradas en los cuerpos y los cuerpos consagran las diferencias y la jerarquía. Ya que el cuerpo es la piedra angular en que se funda el orden social siempre se mantiene a la vista y en la vista. Los cuerpos entonces, a raíz de la diferenciación ocupan un lugar concreto en el orden social, y se les vigila para que no salgan de éste. Esta vigilancia después se convierte en autovigilancia. Parte del lugar que ocupa la mujer determina sus prácticas, entre ellas el tiempo considerable que dedica buscando la belleza de su cuerpo-objeto siempre a perfeccionar. Estas son en realidad prácticas de higienización y homogenización de los cuerpos de la mujer, prácticas que sometan a la inocuidad, arrebatan el potencial de resistencia y lucha higienizándolas mediante un aspecto blanco-hegemónico que representa un estilo de vida. Esos cuerpos blancos-bellos-buenos siempre se representan en un contexto indicador y pedagógico sobre qué vida vive ese cuerpo, que vidas son las correctas, aquellas a las que debemos de aspirar. Desde cómo está vestida, ropa que encaja en los contextos. Su aspecto, incluyendo lo que trae puesto y todos sus accesorios caben en un modelo de vida higienizado, blanqueado completamente para encajar en una sociedad moderna industrial globalizada, donde las cadenas globales de explotación requieren que ciertas mujeres no se puedan ensuciar las manos mientras que otras, por su cuerpo, la ropa y accesorios que portan les permita encajar en otro contexto, donde limpian los escusados de aquellos cuerpos y entornos higienizados y blanqueados.

Lo perverso, además, está en el hecho de que lo que se nos vende, y cada vez más, es que todos los cuerpos, si tenemos la ropa y los accesorios adecuados, el estilo de vida adecuado, nos blanqueamos e higienizamos lo suficiente podremos estar en ese contexto, tener esa vida, ocupar ese lugar en el orden social. De la misma manera en la que si los países (llamados) subdesarrollados nos esforzamos y trabajamos lo suficiente llegaremos a tener vidas de “primer mundo”. Horrible falacia que nos hace pensar que caminar hacia lo que se considera desarrollo tiene sentido y nos enreda en la trampa de esforzarnos, usando nuestro tiempo y recursos, para tratar de llegar a un lugar inalcanzable, perjudicial y perverso que enaltece la muerte en lugar de la vida. De este modo la fuerza revolucionaria y de cambio que portan estos cuerpos otros es completamente neutralizada.

Siguiendo a Tasa-Vinyals, E., la belleza está puesta al servicio de distintas formas de opresión: (1) opresión patriarcal o de género: se define lo bello y lo femenino según el gusto y deseo masculino, siempre en una posición inferiorizada y políticamente inhabilitada. (2) opresión burguesa o de clase: lo bello es en gran medida una representación del gusto y los patrones de consumo de las clases altas y un rechazo de todo lo interpretable como popular. (3) opresión colonialista, basada en patrones de belleza eurocéntricos que rechazan las particularidades estéticas y corporales negras, indígenas, amarillas y mestizas.

Así, la belleza es parte de lo que sostiene y justifica el sistema de opresiones, está interiorizada y se mantiene por cada unx de nosotrxs. Ya no se requiere un régimen que controle todos los aspectos de nuestra vida, ya lo hacemos nosotrxs. Algo así como un “dispositivo de corporalidad” (concepto de Flavia Costa y Pablo Rodríguez) en el que los conocimientos, instituciones, leyes, discursos, modas, publicidad, arte, y las formas de relacionarnos configuran un normal corporal al que hay que ajustarnos y que se inscribe en el cuerpo con un conjunto de ideales, prácticas, saberes que sirven para controlar y administrar dichos cuerpos. Este dispositivo corporal perpetúa un orden social con unos valores, unas creencias y unas prácticas determinadas que benefician a un pequeños grupo de la sociedad.

Esta autovigilancia del cuerpo garantiza la adhesión a este sistema de creencias y rechaza los deseos y el propio cuerpo, es la guardiana de la pureza moral, es la seña de respetabilidad. Es el indicativo de que aunque no tengas, aún, ese cuerpo normal tienes la razón y moral en el lugar correcto porque quieres tener ese cuerpo y haces lo posible por conseguirlo, estás en búsqueda de la belleza, de la moral, de lo bueno. Comprar ropa, accesorios, imitar comportamientos, querer aclararnos la piel, el pelo, alaciarlo, adelgazar, son parte de las conductas que marcan ideologías, creencias, prácticas y condiciones materiales cotidianas de este sistema.

Si el autocontrol no es suficiente, la sociedad, la ciudadanía, no duda ni un momento en sancionar, opinar, poner en su lugar a los cuerpos que salen de la norma. La policía corporal, somos todxs diciéndole a la amiga que subió de peso que cuide su salud, a la hija que se arregle, al que nos cruzamos por la calle que se bañe, y un largo etc. Esta vigilancia a nuestro cuerpo y el de lxs demás tiene implicaciones en la dominación y opresión en general. La domesticación y regulación de los cuerpos está para someterlos a la estructura hegemónica. Hacemos eco nuevamente de Oyewumi, “no puede exagerarse el impacto que ha tenido el cuerpo en la construcción de las categorías sociopolíticas y epistemológicas.” El cuerpo de la mujer se disputa para encarnar y reproducir los significados y estructuras de la normatividad patriarcal, colonial y capitalista.

No hay que perder de vista, como dice Tasa Vinyales, la importancia que tiene la violencia simbólica estética en el mantenimiento del orden sociopolítico heteropatriarcal. La configuración de mensajes y prácticas socio políticas a través de la instauración de control en la relación con el propio cuerpo y con el cuerpo de otrxs.

Nos queda mucho que pensar y desaprender, muchas disidencias por encarnar. El camino que se ha recorrido desde el feminismo gordo nos arroja mucha luz, sus palabras desbordan, amplían y revienten los moldes corporales estériles e higienizados, “contra la domesticación de cuerpos e identidades, contra la disciplina higienista, contra los supuestos del placer, la rebelión del desborde está en marcha multiplicando las voces y las imágenes que demandan no sólo derechos, sino goces”. Desandar la belleza para corporalizar otro mundo, otras relaciones, discursos, saberes y haceres. Hacer cuerpo desde abajo.