#quienessomos: Antilujo

Por: Rosa

En Recrear estamos atentxs a lo que las prácticas nos van diciendo, las preguntas que nos plantean y las formas en las que vamos dibujando caminos. Nos surgen preocupaciones y nos re-planteamos constantemente el cómo hacer. Entendemos lo que hacemos como una práctica comprometida y entendemos que todo compromiso es una transformación forzosa y de resultados no garantizados. Aspiramos a la transformación de las relaciones, de las formas de hacer y vivir en un mundo capitalista y colonial. El sistema capitalista, ha convertido lo que se hace  “artesanalmente” en un producto único que otorga status a quien lo posee: entiende los procesos, como minas a explotar, posibilidad de acumular con el valor agregado del “consumo consciente”. Por ello, en Recrear no buscamos comercializar productos cuyo valor recaiga en la distinción o el estatus. No queremos reproducir lógicas capitalistas con productos de lujo que requieren la sobreexplotación de muchos, sólo para que algunas élites puedan acceder. En este sentido, creamos objetos “anti-lujo” que cuestionan el consumo (y los modos de explotación implicados) por el estatus.

Recrear es una forma de entender el hacer como vínculo. Vincularse con las personas, con los materiales y los procesos, separarse de la idea de lujo que se sostiene sobre las desigualdades y las explotaciones. El vínculo requiere memoria: por esto en nuestro trabajo recordamos que los tejidos de las poblaciones indígenas eran utilizados como tributo para los encomendadores. Recordamos la explotación de las manos que fabricaban las telas que cubrían los cuerpos y las casas de los colonizadores; telas para transportar los minerales saqueados de los suelos y cuerpos de ‘las américas’. Recordamos las exigencias de producción en las formas y tiempos de hacer. Recordamos la industria textil en México que se levanta por la mano de obra barata de indígenas adiestrados en el uso de la seda y la lana. Sabemos que las técnicas de entender y transformar el mundo fueron suplantadas, así como muchos de los motivos que se plasmaban en los tejidos y productos. Recordamos que los obrajes constituyeron la primera fase de la producción capitalista en América.

Los españoles comenzaron a comprar productos textiles hechos por manos indígenas por la calidad y el bajo precio, los sastres europeos pasaron a México a poner sus obrajes donde compraban el trabajo indígena para la producción de telas. Si es verdad que los obrajes como tal no siguieron después del proceso de independencia, también lo es que sus formas más sutiles continúan. Sobrevino el neo colonialismo, las relaciones jerárquicas y de explotación persisten, bajo otras formas y máscaras quizás mucho más sutiles pero no por ello menos violentas.

¿Quiénes compramos textiles elaborados por indígenas y obreros? Turistas, curiosos, mestizos y criollos de clase media, y media-alta. Se compran artesanías con un valor abaratado por estar labrado por manos desvaloradas dentro de la estructura social, política y económica. En otros contextos se compran artesanías como lujo, en galerías de arte en las ciudades mestizas, o en tiendas de diseño y alta costura bajo el nombre de personas con apellidos españoles y con piel blanca.

Se le da valor a la artesanía, pero como un lujo, un bien poco accesible. A su vez, se obscurece el privilegio de clase entre los diseñadorxs, distribuidorxs, compradorxs y artesanxs. Las relaciones de explotación desigual se invisibilizan, al igual que en las maquiladoras, cuando se habla de productos artesanales elaborados por “comunidades indígenas” mientras que el diseñador, la galería o la marca, asumen un reconocimiento individualizado y un ingreso muy diferente al de los artesanxs.

La idea de lujo tiene encarnada violencia. Se reproducen las formas coloniales, las relaciones no son cuestionadas, seguimos asumiendo y caminando bajo las mismas premisas. El lujo de poder comprar un producto artesanal por manos trabajadoras; poder adquirir un producto único y con la historia que nosotrxs decidimos imprimirle. Significamos y nombramos lo que compramos, aquellos lujos que existen porque hay sangre y explotación. Queremos entender que el lujo forma parte, que es imprescindible, para este sistema que produce y necesita de la muerte y la explotación, entender que el lujo es jerarquía, es violencia, es capitalismo, es colonialismo. Queremos tener memoria, queremos vincularnos.

Nos posicionamos en contra del lujo, es decir, contra la sobreexplotación de recursos humanos y ambientales, y contra la valorización de la desigualdad social. El valor está en el esfuerzo, el trabajo, el material, y la calidad, no en ideales de distinción que implican la explotación exagerada de otros. El anti-lujo es una resignificación de la producción y el consumo. Con memoria nos alejamos del lujo, con historias que resignifican. El vínculo y sentido que cada unx de lxs colaboradorxs construye en su hacer es central. Ahí encontramos la potencia: en las historias, las manos y las miradas. En la reapropiación, en la posibilidad de plasmar nuestra fuerza activa en lo que creamos y construimos. 

Qué hay detrás de lo que compro, quiénes y qué materiales se utilizan, qué significa y sobre que se sostienen estas formas de producción, qué tipo de sistema y de relaciones estoy fomentando, colaborando para consolidar. Queremos que esto se haga manifiesto, patente, presente en cada producto.

Recordamos también que el tejido y bordado han sido núcleos fuertísimos de resistencia y transmisión de saberes, raíces, formas de vincularse y construir memoria; que la “artesanía” tiene una historia silenciada, que la potencia en el hacer con las manos es enorme. Retomamos esa potencia y en nuestro hacer compartimos historias, recreamos mundos, compartimos en un proceso de resignificación del trabajo, el consumo y la producción para destruir las bases que posibilitan el lujo.

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