#traducciones: El consumismo consciente es una mentira. Hay una mejor forma de salvar el mundo

El artículo “Conscious consumerism is a lie. Here’s a better way to help save the world” fue escrito por Alden Wicker en Quartz el 1 de marzo del 2017. Fue traducido por Alonso del equipo de #recrear. Puedes leer la versión original aquí.

Como un blogger de estilo de vida sustentable, mi trabajo es hacer que el consumismo se vea bien. Durante cuatro años de subir a Instagram fotografías de atuendos amigables con el medio ambiente, probar marcas de barnices de uñas no tóxicos y escribir guías sostenibles para la ciudad, pensé que podía tenerlo todo -moda, entretenimiento, viajes, belleza- y ser muy eco-friendly. Entonces cuando me invitaron a hablar en un panel frente a una delegación juvenil de las Naciones Unidas, la expectativa era que yo iluminara a los jóvenes estudiantes sobre cómo sus elecciones de compras pueden salvar el mundo.

Me paré detrás del estrado usando una blusa de segunda mano, medias de poliéster reciclado y una falda lápiz de un fabricante local; inhalé y comencé a hablar. “El consumismo consciente es una mentira. Los pasos pequeños que toman los consumidores precavidos -como reciclar, comer local y comprar una blusa de algodón orgánico en lugar de una de políester-no van a cambiar el mundo”.

La audiencia me miraba de regreso, parpadeando y el silencio. No era lo que estaban esperando.

Dónde entendimos todo mal

De acuerdo con la sabiduría del consumo consciente, cada compra que haces es un “acto moral” -una oportunidad para “votar con tu dólar” por el mundo que quieres ver. Nos han dicho que si no nos gusta lo que una compañía está haciendo, deberíamos dejar de comprar sus productos y obligarlos a cambiar. Creemos que si les damos a los consumidores transparencia e información, ellos harán la elección adecuada. Pero tristemente, así no es como se supone que el capitalismo debe funcionar.

Hacer una serie de pequeñas decisiones de compra éticas mientras se ignoran los incentivos estructurales para los modelos de negocio insostenibles que tienen algunas compañías no va a cambiar el mundo tan rápido como quisiéramos. Sólo nos hace sentirnos mejor con nosotros mismos. Como prueba: un estudio de 2012 que compara las huellas de consumidores “verdes” que tratan de hacer elecciones amigables con el medio ambiente y las de consumidores con hábitos regulares. Y no se encontraron diferencias significativas entre ambos.

El problema es que aunque queremos hacer las elecciones adecuadas a veces es demasiado tarde. Por ejemplo, mis amigos siempre me preguntan dónde llevar su ropa vieja para que sea reciclada de manera efectiva o pueda llegar a manos de personas que la necesitan. ¿Mi respuesta? No importa a dónde la lleves: siempre terminará en el mismo flujo de residuos sobrecargado, que puede o no eventualmente desecharla en Haití. No es tu culpa por tratar de hacer lo correcto: es culpa del implacable ciclo de tendencias de la moda rápida, que está inundando los mercados de segunda mano con un excedente de ropa que los estadounidenses no querrán a ningún precio.

También es un asunto de privilegio. El movimiento a favor de la sostenibilidad ha sido acusado de ser elitista -y la verdad es que lo es. Necesitas de un buen ingreso para poder consumir opciones de consumo sustentables y éticas, el tiempo libre para investigar sobre lo que compras, el lujo de poder rechazar el 95% de las opciones y, posiblemente, un posgrado en química para entender lo que en realidad dicen las etiquetas de ingredientes.

Elegir prendas de cáñamo, interrogar al mesero sobre cómo fue capturado el pescado, e investigar si en tu ciudad se reciclan tapas de botella de agua puede hacerte sentir bien, recompensar a algunos emprendedores sociales, y tal vez protegerte de señalamientos de hipocresía. Sin embargo, no es un sustituto al cambio sistémico.

Ambientalismo, traído para ti por Multinacional, Inc.

Llegué a esta conclusión después de años de investigación personal, pero otros académicos dedican sus vidas enteras a evidenciar la falacia del consumismo consciente. Una de las más notables expertas en sostenibilidad es Halina Szejnwald Brown, profesora de ciencia y política ambientales en Clark University. Recientemente escribió un reporte para el PNUMA, Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente titulado “Fostering and Communicating Sustainable Lifestyles: Principles and Emerging Practices.” Nos conocimos al compartir escenario frente a los Delegados Juveniles de la ONU, donde su presentación apoyó con investigación y datos duros mis sospechas.

De manera breve, el consumo es la columna vertebral de la economía estadounidense -lo que implica que el consumo consciente individual está destinado al fracaso. “70% del Producto Interno Bruto de los Estados Unidos está basado en el consumo doméstico. De tal manera que todos los sistemas; el mercado, las instituciones, están calibradas para maximizar el consumo”, Brown me dijo posteriormente en una entrevista. “La industria de la publicidad inventa nuevas necesidades que no sabíamos que teníamos.”

Toma como ejemplo las botellas de plástico. El plástico, como la mayoría de nosotros lo conoce, está hecho de petróleo que toma cientos -incluso miles- de años para degradarse (me temo que no sabemos en realidad). Transportar agua embotellada de Fiji a Nueva York es un proceso alto en emisiones. Y aunque hay datos irrefutables, y campañas hechas por periodistas y activistas para fomentar entre los consumidores el uso de botellas reutilizables, el consumo de agua embotellada ha continuado en ascenso –aunque cuesta 2, 000 veces más que el agua del grifo.

¿Entonces por qué continuamos comprando 1.7 billones de botellas de medio litro, o cinco botellas por persona cada semana? Porque el mercado capitalista hace que tomar decisiones sostenibles sea increíblemente difícil.

La mayoría de nuestra comida y productos de consumo vienen envueltos en plástico que no es reciclable. La comida que está libre de pesticidas es más cara. Trabajamos cada vez más horas, lo que nos deja muy poco tiempo para sentarnos a comer comida hecha en casa, mucho menos coser, remendar y arreglar nuestras cosas. La mayoría de la ropa ha sido diseñada en primer lugar para ser obsoleta después de un año o dos, para que tengas que comprar más. Y sólo el 2% de esa ropa está hecha en los Estados Unidos -y cuando lo está, es 20% más cara. El aceite de palma, el ingrediente que a nivel mundial causa más destrucción de bosques tropicales y emisiones de carbón, está en la mitad de nuestros productos de comida empaquetados, escondido bajo docenas de nombres diferentes. Son sólo algunos ejemplos de cómo el gobierno y las empresas están coludidos para orillarte a destruir el medio ambiente de forma regular, no importa si eliges comprar leche orgánica o no.

Además, existen impedimentos sociales para hacer decisiones sustentables. “Como humanos, somos seres altamente sociales. Medimos el progreso de nuestras vidas en relación con otros”, dice Brown. “El resultado es que es difícil hacer algo diferente a lo que todos los demás hacen.”

Para poder esquivar la cultura del consumidor, debemos esquivar ciertos hábitos sociales. Puedes hurgar en los basureros por comida en perfecto estado que es desechada por restaurantes y tiendas. Absolutamente puedes regresar cada regalo de Navidad o de cumpleaños que no se ajuste a tus estándares. Y siempre puedes exigirle a tus familiares y amigos que sirvan en reuniones sólo comida cruda, vegana y orgánica. Sin embargo, hacerlo implica convertirse en un ser humano insufrible. La sociedad también está en nuestra contra.

Cómo tomar decisiones que de sí ayuden al medio ambiente

Entonces ¿cuál es la respuesta? No estoy diciendo que deberíamos rendirnos, o que deberíamos dejar de hacer las pequeñas decisiones positivas cotidianas como seres humanos responsables. Y si estás eligiendo el producto más verde por razones de salud, por todos los medios, haz lo que consideres correcto. Pero cuando se trata de combatir el cambio climático, la contaminación y la destrucción del hábitat, lo que necesitamos hacer es tomar el dinero, el tiempo y el esfuerzo que invertimos en hacer elecciones que el último momento no tienen consecuencias y encaminarlos a algo que realmente importa.

Más allá de hacer decisiones a gran escala sobre tu estilo de vida como elegir vivir en un área urbana con transporte público, eliminar la carne roja de tu dieta, tener menos hijos (o ninguno), incluso hay rendimientos decrecientes a la energía que pones evitar el plástico o asegurarte que tus pilas viejas terminen en el recipiente adecuado. Globalmente, se estima que gastaremos en 2017 $9.32 billones en productos de limpieza verdes. Si hubiéramos destinado tan sólo una tercera parte de esa mina de oro (el presupuesto promedio que se gasta en productos de limpieza verdes) a presionar a nuestros gobiernos para prohibir los químicos tóxicos que tanto tememos, habríamos logrado un progreso mucho mayor ahora.

“Es un gesto”, dice Brown sobre las pequeñas decisiones de las que hablamos. “Señales bien intencionadas de que te preocupas por el medio ambiente. Pero la acción en sí misma no hace ninguna diferencia.”

Nos damos palmadas en la espalda nosotros mismos por tomar decisiones que acallan nuestra culpa social en lugar de invertir el mismo esfuerzo en acciones que representen un verdadero cambio ambiental. Pero hay pequeños cambios en nuestra mentalidad que pueden marcar una diferencia. Algunas sugerencias:

  1. En vez de comprar sábanas orgánicas muy caras, dona el dinero a organizaciones dedicadas a mantener los desechos agrícolas fuera de los ríos.

  2. En lugar de manejar en tu carro hasta un huerto para poder cortar tus propias manzanas orgánicas, usa tu tiempo para hacer voluntariado con alguna organización que combata la escasez de alimentos (y te ahorras las emisiones de combustible).

  3. En vez de comprar un purificador de aire carísimo, dona el dinero a políticos que apoyen iniciativas a favor de la limpieza del aire y del agua.

  4. En lugar de firmar una petición demandando que Subway retire de su pan un químico misterioso, llama a tu representante local y exígele que revise el proceso de aprobación de cerca de 80 mil químicos sin probar en nuestros alimentos.

  5. En vez de salir a cenar a un restaurante “de la granja a tu mesa”, puedes revisar el impacto que tienen las leyes y políticas en materia de agricultura sobre tu alimentación.

A primera vista podemos pensar que el consumismo local es un movimiento moralmente correcto y audaz. Sin embargo, nos está quitando poder como ciudadanos. Acaba con nuestras cuentas bancarias y voluntad política, desvía nuestra atención de los verdaderos detentores del poder y enfoca nuestra energía a escándalos corporativos y discusiones sobre la superioridad moral de los veganos.

Entonces si de verdad te importa el medio ambiente, levántate de tu silla e involúcrate en asuntos políticos locales. Si hay algo bueno sobre la crisis ambiental a la que nos estamos enfrentando, es que ahora sabemos exactamente qué clase de trabajo necesitamos para salvar el planeta -y no implica usar una tarjeta de crédito.

#consumoconsciente #greenwashing

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